en la tranquila inmensidad del cielo.
Esta vez la furtiva lectora no dudó; un cálido soplo de sentimiento corría por aquellas estrofas, asegurándola que detrás de ellas había una mujer, una mujer apasionada que compartía con Diego aquel amor infinito y sobrehumano; amor que vence á «la triste sepultura»; amor que inmortaliza, fuego de llama perenne «como un astro»... Pero ¿existían aquellos amores?... ¿Acaso no eran ficiones de poetas, penitencias de mártires ó manías de locos?... Amar, para sufrir únicamente; vivir muriendo, y muriendo de amor nacer á la inmortalidad... ¿Qué misterio era aquel impenetrable á los ojos de Eva?... Sintióse poseída por un pavor extraño y luminoso, en el centro del cual ardía aquel inmenso amor que ella negaba, y la gloriosa lumbre calentó un instante su aterido corazón. En inquietud profunda atravesó la estancia varias veces como si buscase razones y verdades donde asirse para no caer al suelo. De pronto se volvió hacia la mesa, agitando papeles y libros en huracán de ansiosas pesquisas. Nada nuevo encontró, y el taller del poeta quedóse conturbado, en traza de terremoto. Eva se acodó en la ventana, esperando de la tierra ó del cielo lo que no halló al abrigo de las paredes...
Ya bajaba la noche por los campos, y temblaba un lucero en el azul.
En el jardín andaba Lali de puntillas, como por el cuarto de un enfermo; buscaba entre los pálidos macizos las últimas flores moribundas, y recogía, en su actitud de sigilo y de tristeza, toda la emoción de aquel instante.
El doliente recuerdo de Tristán hirió á la madre entonces, con punzada traidora, y del calor desconocido que poco hacía le tocara el pecho como ráfaga espiritual, se le subió á los ojos una nube de llanto.
A la par de sus lágrimas copiosas, en el callado valle palpitaba el quejido inconsciente y misterioso de la naturaleza.
XX
Se aumentaron las incertidumbres y el dolor en la humilde casa del poeta.