—¿Qué quieres?
—Que no me abandones, que no te vayas, ten lástima de mí... Sufro mucho.
La miró él despacio:
—¿Sufres?—le dijo—pues ya estás en camino de redimirte. Sólo el dolor puede salvarte... ¡Despierta, alma dormida! Sal de tu oscuro sueño y bendice el golpe que te hace despertar...
—Las lágrimas me ciegan.
—Llora, llora... La vida no es un holgorio placentero, sino el duro y noble aprendizaje de la verdad... Escucha: llora el río... llora el viento... lloran las campanas... La existencia es un arroyo de llanto que fluye en corriente infinita, fecundizando el eterno paraíso de las almas...
—¿Cómo sabes todo eso?
—Llorando lo aprendí.
—Quiero yo saber algo que me sirva de alivio y de luz, algo que me ofrezca los secretos consuelos que tú gozas.