—Antes llorarás mucho. Sólo cuando el dolor llegó muy hondo á las raíces de tu corazón sentiste el sagrado temblor de la verdad en tus entrañas... ¡Despierta, alma dormida!
Hablaba Diego con fervor solemne; su frente de poeta aparecíase nimbada con resplandores de gracia espiritual, y Eva, seducida por aquel halo de linaje divino, le miró ansiosamente, lamentándose:
—Pero me quedo sola, sin amparo ninguno...
—Yo, desde lejos, te daré sostén y ánimos.
—Quieres á otra mujer—balbució la esposa.
Sin asombro ni disimulo respondió Villamor:
—Sí; á otra que llora muchos años hace, siendo inocente y santa.
Con súbita inspiración exclamó Eva:
—¡María!