tengo dos cosas á un tiempo;

cuando la pena me mata

la alegría dame alientos...»

La copla parecía inventada por un poeta sabio y animoso, un rústico poeta que con la voz llana y firme del rondador, deslizó su sana filosofía en unos cuantos corazones á la vez, desde los muros del palacio. Quedaron las estrofas valientes mecidas en la quietud de la noche sobre los callados dramas escondidos en aquel rincón del valle montañés, y más de un pecho suspiró conmovido por la rima alentadora, mientras Rosita llamaba quedamente á Manuel para decirle que á la tarde siguiente la esperase camino de Santacruz, al salir de la vega.

Y aquel día de citas misteriosas, fué muy raro el aspecto de la muchacha, que anduvo inquieta y zozobrante detrás de la señorita, mirándola mucho, hablándola sin tino y sin necesidad; besaba á Lali á cada momento y tenía en la voz un nudo de lágrimas que la hacía balbucir y truncar las frases. Al medio día, entró furtivamente en el cuarto de la señora y colocó un papeluco encima de la mesa; era un adiós ferviente y noble en que, expresando su gratitud á la dama, disculpábase de hacer su despedida en aquella forma, por la mucha pena que sentía al partir; contaba que la llamaban sus padres y que había decidido volver al pueblo para no dejarle ya nunca, tal vez para casarse... La carta era incoherente y tenía borrones do llanto; cuando llegó á manos de María ya Rosa caminaba al lado de Manuel por una agreste vereda empinada hacia el monte.

Pasmado iba el zagal, que nunca imaginase tan completa su dicha. Mentaba él proyectos de la boda, sin que Rosa dejase de sonreir y hablarle con benignidad; y aunque era cierto que ella tenía los ojos húmedos y empañada de pena la palabra, por su gusto iba al pueblo, asegurando que en él iba á pasar toda la vida...

Para escalar la sierra hasta el poblado, menudo y pobre, donde nacieron ambos caminantes, había que pasar, precisamente, por el molino de Santacruz, propiedad de la casa de Ensalmo, lugar de mala nota en los contornos, por servir de guarida, con frecuencia, á caprichos infames de Gracián.

Temblaba Rosa cuando puso el pie en el tablón crugiente tendido sobre el cauce molinero. El agua bienhechora iba cantando con galantes murmurios de caricia, y el cielo entristecido de Cantabria lloró una lluvia leve y dulce, como riego de flores. Detrás de los viajeros se sentía el ruidoso galope de un caballo, y Manuel, dominando la vega con su aventajada estatura, miró y dijo que el señorito Gracián venía por allí.

—Vendrá al molino—murmuró Rosita, pálida y afanosa; y apresurando el paso, con pretexto de la nube, ganó el «ansar», al lado de su novio, antes de que el caballero les alcanzase.

Entre los alisos deshojados buscaron la senda brava trepadora del monte, y, ya subiéndola, ambos volvieron hacia el valle la cara.