Manuel, indiferente á la dulzura de los llanos y á la mansa vida de los valles, sólo tuvo atención para decir:
—Al molino venía el señorito.
Tendió el brazo señalándole.
—Mira; dejó suelto el caballo, y trae la llave de la puerta... Se conoce que viene «de caza»...
—¿De caza?—exclamó Rosa.
Y el gañán, sonriente:
—Ya sabes que es mocero—repuso—, tendrá cita con alguna infeliz... A ti, por respeto á la señora, no te habrá cortejado, ¡que si no!
Turbada y descolorida se quedó la joven, mirando con demente afán al señorito que la esperaba, seductor y garboso, bien ajeno á su fuga.
Espesándose la lluvia en la montaña, una niebla torva cerraba el horizonte, descendiendo hasta el llano en calmosa nube, como un rocío, como una bendición.