—Siempre igual—repuso el marqués encantado—usted no puede estar ocioso.

—Me atrae la lucha, me tienta la acción, me enamora el riesgo... Siento la poesía de los viajes y los negocios, la fiebre de la actividad... He pasado una temporada en el extranjero buscando nuevas orientaciones á mis empresas; pero, al cabo, sentí el deseo de volver á nuestro país... ¡la pícara nostalgia!... Cuando estoy en mi patria, la aborrezco y cuando me alejo de ella, la amo; ¡sólo soy buen español fuera de España! Condición, al fin, de españoles, de espíritus inquietos que sólo adoran lo que no poseen...

Habló de sus viajes por el extranjero con amenidad extraordinaria, salpicando el relato de observaciones ingeniosas; contó algunas originales aventuras, recatando sus triunfos bajo el velo de una estudiada modestia. Parecía hombre de mucho saber y gran copia de lectura, y las palabras acudían á sus labios fáciles y sumisas, enfervorizadas por el fuego de una vibrante elocuencia.

—¿No le atrae á usted la política?—preguntó el marqués, que le escuchaba absorto.

—¡Psé! tuve algunos coqueteos con esa dama—respondió Gracián sonriendo—, pero me seduce más la vida de los negocios... La política es el arte de los pueblos viejos, y á mí me encantan los pueblos nuevos, enamorados del porvenir, resonantes de fábricas y de oro, coronados por las altas virtudes del trabajo y de la inteligencia... El mundo vive y progresa por razones económicas... Los hombres de estado son prisioneros de los hombres de negocios... En España, todo lo inficiona la política, y es preciso orientar á la juventud por los caminos de la libre actividad. Conviene despertar este gran pueblo, dormido á la sombra de sus catedrales, y lanzarle al galope en la vida moderna, en ese torrente de energías hermosas que corre por el mundo...

Acostumbrados los contertulios del marqués á la frívola charla de los salones, juego necio de frases con pretensiones de elegancia y de ingenio, sentíanse como sorprendidos por aquella palabra impetuosa, llena de imágenes y penetrada de emoción.

Comprendiéndolo así Gracián, y estimulado por la religiosa unción con que le oían, habló de política, de arte, de literatura, de negocios... No profundizaba gran cosa en tan distintas materias; pero las tocaba con habilidad y atrevimiento, poniendo en el discurso una fuerza admirable de persuasión. La palabra le enardecía; embriagado por su propio verbo, con los ojos brillantes y el rostro iluminado, hacía resaltar los más menudos pensamientos con el brío de la expresión y la gracia natural de sus maneras. Desde el primer instante captóse las simpatías de las damas; era Gracián un maestro en el arte de halagar á las mujeres, lisonjeándolas, y atacando como astuto psicólogo el punto flaco de la vanidad femenina.

—La mujer—decía con su sonrisa galante—no es sólo el ornamento de la vida, sino también la razón y el impulso de todas las grandes acciones. Detrás de todo héroe hay siempre una heroína; que no se mueve el corazón ni la inteligencia de los hombres sin que les ayude la mano delicada de una mujer...

Habíanse agrupado los contertulios en torno de Gracián, hechizados por su conversación. Unicamente Pizarro seguía con burlona mirada el vuelo audaz y voluble de la palabra conmovedora. Aquella gente superficial é impresionable, aunque no comprendiese gran cosa de los discursos de Gracián, no por ello estaba menos encantada. López tenía en los labios una sonrisa deslumbradora; Clarita, con los ojos encandilados, repetía en voz baja:

—¡Delicioso!... ¡delicioso!...