En aquella mísera cárcel de su pecho tenía Rafaelito Coronado un compasivo corazón. A ratos sentía el mozo, por allá dentro, ciertos barruntos de hidalguía y hasta un poco de romanticismo sentimental.

Poseído de una de estas crisis interiores, halló á su prima sentada en la terraza y en propicia soledad. Se puso horriblemente feo para sonreirla, y acariciando con manso mirar la fresca hermosura de la niña blanca y dulce, estremecióla con su voz tonante.

—Maruja preciosa; díme si es cierto, de toda certeza, que tú seas novia de Gracián...

Ruborizada y sorprendida, quedóse María en silencio, con los divinos ojos un poco acobardados.

—Es cierto... por desgracia—tronó entonces el bronco acento.

—¿Por desgracia?—interrogó la niña, alzando vivamente la cabeza.

Aplació Rafael su voz todo lo posible, y tomando con fraternal confianza la breve mano de su prima, casi al oído, le rogó.

—Marujilla... eres buena... eres inocente... No te cases con Gracián... Desconfía de él... y de «ellas»... y de todos en esta casa, menos de doña Cándida y de mí...