Y apenas dicho esto, giró sobre sus pies deformes y desapareció en el vestíbulo.

Vióle á poco María en el jardín, como si buscara ó soñara alguna cosa... Arrancaba las flores, las mordía, las estrujaba y las iba sembrando muertas por los caminos.

Le miraba la niña, suspensa, con un vago terror, y sólo cuando le vió hundirse en el misterio del parque, suspiró aliviada, como si despertase de una lúgubre pesadilla.

Acodóse en el mármol de la recia balaustrada, y sus pupilas curiosas temblaron debajo del cielo y encima del mar, con una interrogante expresión llena de ansiedad inefable. Pero ni los cielos ni las aguas respondieron á la callada consulta.

La vasta llanura del Cantábrico era toda una mancha azul, cuajada de sol. Gozaba el mar de esas horas de reposo y de hermosura en que parece que está escuchando una inmortal querella. Su inmovilidad expectante y magnífica quebrábase en la orilla levemente, con blando embatir de olas y espumas que sonaban á rezo. Mar y cielo se besaban en el horizonte, con la majestad suprema de dos amantes inmensos que celebrasen paces y bodas delante de Dios...

Absorta en la grandeza del espectáculo, sintió María estremecerse su corazón en aquel beso colosal de aguas y nubes; volaba su fantasía con descansados giros de gaviota por la inmensidad azul, pero una voz grave y augural repetía en lo hondo de la conciencia «¡desconfía de él!»

—¿Por qué?, ¿por qué recelar siempre?—preguntábase la niña enamorada—¿Es acaso la vida una emboscada perpetua? ¿Es el amor tan ciego que ni valerse de las alas sabe? ¿Por qué temer cuando la tierra luce un espléndido traje de gala, y se está la mar dormida en excelsa quietud y tiene el cielo tan noble mansedumbre?...

—¿Por qué sufrir, Dios mío—suspiraba María—cuando la vida es una mañana de sol, y el alma una dulce llama de amores?

Pero la temerosa voz agorera no acallaba sus crueles profecías, y en las azules contemplaciones de la muchacha quedó flotando, trágica y amorfa, la negrura de un presentimiento fatal...

Debajo de la terraza se rebullían unas faldas y unos cuchicheos. Las hijas del marqués salían á la sazón con Clara y Teresa hacia el balneario.