Iban las cuatro vestidas en liviana desnudez, con unos trajes transparentes, muy bonitos y escandalosos.
Charlaban y reían, bajando por la escalinata, cuando Rosa las encontró, viniendo del jardín con una opulenta carga de flores para adornar los aposentos. Detuvo Clara á la doncella con desgarrado impulso y preguntóle, llena de cólera:
—Díme tú... muchachuela... ¿de veras te has figurado que los caballeros que vienen á esta casa te cortejan á ti?
Al oir tal, quedó la chica inmóvil y absorta, gentilmente abrazada á sus hermanas las flores. Después, un poco encendido el semblante y algo quebrada la voz, replicó altanera:
—El que viene á esta casa á cortejarme no es un caballero... es... Simón Ruiz.
Tornóse de cera el rostro de Clarita; pugnó iracunda por desatar su lengua dicaz, paralizada por el despecho, cuando sus amigas se la llevaron jardín afuera, ordenando á la moza, con fingida severidad, que callara y siguiera su camino.
Obedeció ella sin replicar, mas pisando, al subir, con valentía, los finos escalones. Agitada y trémula de celos y de orgullo, fué dejando caer, en su descuido, algunos de los ramos preciosos que llevaba. Y así, en la escalinata de honor de Las Palmeras, testigo de aquella escena bochornosa, quedó triunfante con un rastro de flores, en plena gloria de sol, la huella donosa de Rosita...