—Este buen López—decía una de ellas, á quien llamaban Teresita—es un hombre delicioso... Todo le parece bien... Es un perfecto ministerial de todos los Ministerios... No hay para él hombres necios ni mujeres feas... Parece un revistero de salones...
—Con menos años y más renta sería un excelente marido—apuntó Clara, una ingenua, que acababa de vestirse de largo—. El hombre que á todo dice amén, es el marido ideal.
—Pues yo no quisiera un marido tan complaciente—declaró Benigna, la hija mayor de la marquesa—, me gustan los hombres que saben serlo... los hombres de energía y de carácter... En lugar de «un López», yo prefiero el Petruchio de La fierecilla domada y, en último caso, Otelo, el moro de Venecia...
Rieron todas las muchachas, y en los ojos negros y ardientes de Benigna brilló una mirada burlona. Su hermana Isabel, niña gentil, ingeniosa y locuaz, célebre por sus dichos y sus hechos, añadió muy seria:
—Esta chica tiene gustos plebeyos... ¡Un marido celoso! ¡Dios nos libre!... Eso ya no se estila en ninguna parte... Los celos son de mal tono...
—No hay verdadero amor sin celos—repuso Benigna con entusiasmo—. El optimismo es indiferencia ó es hipocresía... Decir á todo «perfectamente», equivale á pensar «¿á mí qué me importa?» El optimismo de López es frialdad de corazón... Ahí tenéis en cambio á ese murmurador sempiterno, Pizarro, que vale mucho más que López. Yo no digo que Pizarro haya descubierto la pólvora ni conquistado siquiera el Perú... Es un «pobre hombre», pero, á lo menos, un hombre de carácter... Reniega de todo, pero es capaz de tener rasgos...
Aun seguía Benigna haciendo frases con su charla sentenciosa, cuando entró Pizarro en el salón, tosiendo recio y frotándose las manos.
—Muy malas tardes—dijo con voz ronca—. Porque supongo que ustedes no las tendrán por buenas, con este frío sutil y estos cielos grises... Yo he adquirido el primer catarro...
Habló Teresita con desmayado acento:
—¿El primero?... Llevo yo «el tercero de abono»... Esto es horrible... ¡vaya un tiempo!