Era, sin duda, una mano de mujer, nerviosa y sentimental, la que pulsaba las teclas del piano.
Al escuchar aquellas notas alzóse Diego Villamor del escaño rústico, mirando con sorpresa hacia las ventanas de la quinta, que proyectaban en la sombra del parque la viva luz de los salones. De repente la voz de Schumann se apagó en un sollozo, y tras la pausa de un amplio silencio musical vibraron los acordes del Claro de luna, el triste adagio de la sonata de Beethoven. Las graves y profundas armonías causaron al poeta una impresión conmovedora. Sacudióle aquella ráfaga como un latigazo inclemente recibido al desnudo en pleno corazón; todo el dolor y la tristeza de la vida lloraban en aquel adagio como un de profundis cantado á orillas de un lecho nupcial, á la luz piadosa de la noche...
Notando Eva la emoción de Diego, echóse á reir alborozada, burlándose del poeta con aceradas frases...
La vertiginosa rueda de sensaciones, que en vorágine silenciosa giraba en la arboleda, tuvo entonces un extraño engranaje de pensamientos, y también María sintió, alarmada, que un tremante acento de dolor se acordaba á los sones del piano con las cálidas ternezas de Gracián.
Una superstición callada y penosa dolió en dos corazones al mismo tiempo con lancinante acometida.
La marquesa, en tanto, sentada en el salón ante la clave, desgranaba las notas dulcemente y Galán, muy rendido á su lado, volvía con lentitud las hojas de la partitura, luciendo una sonrisa intensa y blanca, como la del teclado marfileño sumiso á los hábiles dedos de la señora.
XIV
Arreciaba el calor; todo el oro solar caído en cálidos torrentes durante el día caldeaba la arena de la playa y tostaba la densa copa de los pinares. En la costa bravía, y en los gayos jardines ribereños, yacían las flores con desmayo estival, desabrochados los hondos cálices, entregadas á la caricia ardiente de la luz.