Descendía la tarde sobre el Cantábrico con exquisita diafanidad; llegada era, sin duda, la solemne hora que inspiró al poeta los alados versos:

«Harto acaso de vidas

serenóse ya el mar, las costas callan;

cansadas ó dormidas

sus turbulentas olas no batallan.

Y si la playa suena,

si mueve el agua espumas y rumores,

su voz sobre la arena

no amaga muertes, que suspira amores»...

El salón de los marqueses abrió sus puertas de par en par sobre el parque frondoso, y la familia, con sus habituales amigos, buscaba en animados grupos la regalada sombra del boscaje.