—Afinojado á tus pies en el lindor de la boscuria, yo olvidaría del mundo los aferes...

Eres—resonó en la roca, apenas el galán se dió un respiro.

—Embeleñado con el monorítmico...

Mico—dijo al punto el sonoro espacio.

Soltó Rosita los cascabeles de una jovial carcajada, y con sabia simplicidad objetó:

—El eco se está burlando de ti... Primero te llamó oso, bien clarito; y ahora, con mucha gracia, te ha espetado: eres... mico...

Quedóse la muchacha contemplando al tenorio, algo corrido por la singular bromita, y su agudeza de observación le sugirió rápidamente la idea de que, en efecto, Nenúfar era un mico... Esmirriado, melenudo, vestido con vergonzante ridiculez... ¡era un mico!...

Pero la vena romántica de la muchacha lanzó á escape su cálido chorro de fantasía sobre la desnuda realidad, y con fervor de ilusa corrigió la inconsciente meditación, diciéndose: ¡qué ha de ser un mico... es un «poeta modernista»!...

Y aun temblaba en el aire la libre locura de su risa burlona cuando, tornando á su embeleso sentimental, susurró:

—De todo lo que hablaste, sólo entendí: me gustas mucho...