Tendió él la mano avara hacia la niña; pero ella, por instintiva delicadeza, tomaba muy en serio su papel de «novia para casarse» y esquivaba los atrevimientos del mozo, pensando con desdén que tales libertades eran para consentidas por una doña Clara, canija y fea, sin pudor ni esperanzas..., no por ella, la gentil Rosa, codicia de cien futuros maridos...

Vencedora y ufana, sin dejarse alcanzar, le fué diciendo:

—Se hace de noche, cuéntame pronto aquello que empezaste...

Muchas cosas le hubiera contado Nenúfar en regalada intimidad, al encubridor amparo de los pinos, pero estaba seguro de que era imposible hacer entrar en su vereda de lobo á aquella cordera montesina. Chasqueado el muy pícaro, pensó ganar en la partida lo que buenamente cayera, y así, otra tarde, en el mismo lugar, le dijo á Rosa con grave continente:

—Vuelvo á la corte... Al despedirme de ti, preciosa, quiero jurarte que vivirás siempre en mi pensamiento.

Miento—replicó implacable la irónica resonancia.

Azoróse Rosita, algo miedosa, y el embaucador empezó á hablar callandito, enojado con el eco.

—En mi pensamiento vivirás como reina absoluta, hasta que vuelva á buscarte con los papeles en la mano...

—¿Pero de veras te vas?

—Sí; parten ya los marqueses para la boda de su sobrina, y yo no puedo quedarme sin llamar la atención... Y lo peor es, que temo no recibir mañana el dinero que necesito para llegar á Madrid...