VI
Ya no era María la niña tímida y curiosa que ávidamente secreteara con los celestes horizontes.
Los desengaños sufridos abrieron para ella á lo largo del camino, por encima del mismo cielo, alto y codicioso rumbo al vuelo de la fantasía.
A la inocente paloma del valle le habían nacido, por un milagro de penas, potentes y soberanas alas de condor...
El fracaso moral de su boda, aquel tremendo error de su inexperiencia, que la esclavizaba á una cadena perpetua de dolores, halló á María dotada de viriles energías, de arrestos portentosos, en aquella naturaleza tan femenina y dulce.
Era el vergel de su alma, donde las brisas de la ilusión entraron triunfalmente, un terreno feraz que las lágrimas habían fecundizado.
Se hizo fuerte en las trincheras de sus virtudes íntimas, y su mirada, pensativa y serena, no se posaba ilusa, como otras veces, en el mudable encanto del firmamento, avizorando señales de pasajeros goces, sino que, valiente y firme, caía al otro lado del celaje, más allá de la vida, detrás del secreto oscuro de la muerte, esperanzada con la suprema ambición de una felicidad desconocida, imperecedera.
Soñaba siempre María, soñaba mucho, altiva y divinamente... ¿qué alma descollante no sueña y delira en la humana prisión?...
Hizo el dolor descubrimientos prodigiosos en aquel temperamento esquisito; hirió cuerdas de callados sentimientos, y toda el alma excepcional de aquella mujer vibró en acorde infinito de sobrehumanos anhelos.