—Ha dicho mi madre que me voy á morir...

Ondularon las tinieblas de sus rizos en torno al perfil trágico y puro, y Lali abrió con espanto sus dorados ojos sobre la desconsolada expresión del niño paciente.

Pronta y resuelta, determinó:

—Pues no te mueras aunque ella lo diga... Díle tú á Dios que no quieres morirte.

—¡Pero si mamá lo dice llorando!... ¡Si es Dios el que quiere!...

El pensamiento de la chiquilla saltó rápido á otra idea, con vuelo de mariposa, y exclamó Lali:

—¡Todas las mamás lloran!...

Hincados de rodillas, juntos y absortos, se miraron largamente, hasta que Tristán sentenció, con una lógica terrible:

—Cuando tú seas mayor... también llorarás...