—Se me ha olvidado—pronunció Tristán, lentamente.
Habían llegado al comedor, y en un rincón, dentro de una caja de madera, fueron á buscar los juguetes del niño: una escopeta, un juego de bolos, un sable, dos carritos...
—Y caballos, ¿no tienes?—preguntó Lali.
—Caballos, no... se me han roto. Tengo un rompecabezas... mira.
Abrió una cajita cromada, y los dos se arrodillaron en el suelo, examinando con mucho interés los taquitos cuadriculados, con trazos en colores, de diversas figuras.
—¿Los armo, para que los veas?—interrogó Tristán, galante.
—Sí..., ármalos... debe ser muy difícil...
Y mirando las manitas exangües de su amigo, agitadas sobre los tacos, Lali añadió:
—Tienes las manos flacas... ¿por qué no te curan de ese mal que tienes?
Suspenso Tristán volvió hacia la niña su cara inteligente y dolorosa, murmurando: