También Tristán y Lali habían celebrado una íntima confidencia, una confidencia sensacional, hecha sin rodeos ni disimulos, con sedienta curiosidad de niños y llaneza infantil, encantadora y bárbara.
La primera en romper el fuego de preguntas fué la niña, vivaracha y comunicativa.
Mirando á su acompañante con mucha atención, le preguntó callandito:
—¿Te llamas tú Tristán, porque estás triste?
—No—dijo gravemente el niño—, yo estoy triste porque estoy malo... Me llamo Tristán porque es un nombre de novela, muy bonito.
—¿De novela?... No sé lo que es «novela»... Yo me llamo Eulalia, pero todos me dicen Lali... ¿te gusta ese nombre?
—Algo, ya me gusta...
—Y dí; ¿tienes muchos juguetes?
—Tengo pocos, ¿y tú?
—Yo tengo un palacio de muñecas y muchas cosas más... ¿No te acuerdas que una vez fuiste á mi casa y te lo enseñé todo?... Hace ya mucho tiempo... todavía «no estabas de pantalones»...