El matiz velado y profundo de los consuelos que le brindaban, las inflexiones sentimentales de la voz hialina y triste, nada íntimo y personal revelaron á Eva, ignorante para descubrir pudorosos achaques de corazón, incapaz de leer duelos ocultos en una mirada empañecida ó en una sonrisa punzadora.

Muy hábil á la sazón María para adivinar cuitas ajenas, advirtió la turbación creciente de su amiga y apresuróse á enveredar la conversación por menos escabroso camino, tomándola otra vez en el punto donde había quedado rota y porfiando en invitar á Tristán para veranear en el Norte.

—Muchas gracias—repetía Eva—, pero no puede ser...

—¿Por qué te niegas?... Te lo ofrezco con toda mi alma. Y si Diego se embarcase pronto, como dices, tú también podías venirte con el niño..., me harías un gran favor. Voy á pasar el verano sola con Lali y doña Cándida... Piénsalo bien y decídete. Nos iremos en junio, hasta septiembre... Ya verás qué bien le prueba á Tristanito..., anímate... Le llevaremos á la playa y á la aldea, le cuidaremos mucho..., se pondrá fuerte...

Ingenua y efusiva, María dejaba suelto el corazón en su verbo piadoso.

Luchando entre la gratitud y el encono, Eva seguía diciendo...

—No puede ser..., gracias..., gracias...


V