—¡Diego es bueno!... Esas mismas palabras las dijiste una noche en Las Palmeras, hace ya siete años..., las dos éramos solteras, ¿te acuerdas bien?... Entonces pude creerte; conocías á Diego mejor que yo... Hoy le conozco yo mejor que nadie y no me convence tu benevolencia...
Aterraba María la frente, angustiada y sorprendida.
Siempre creyó que Eva no amaba mucho á su marido, pero estaba muy lejos de suponer que le aborreciera.
Se repuso de aquella sorpresa en un triste silencio, mientras Eva deshilachaba, nerviosa, el fleco de su pelerina de punto.
Después, con paciencia y con dolor, habló María suavemente.
Su voz cristalina y dulce no encalmó el ánimo en borrasca de su amiga, pero fué tan discreta y tan afable que apaciguó, al menos, la adustez amenazadora del moreno rostro.
Sugestionada Eva por el fluyente caudal de aquella noble palabra, dejóse llevar por extraño sentimiento de confianza, único en la vidriosa amistad que profesaba á María.
Confesó la penosa estrechez en que se hallaban, y en los arranques de aquella impulsiva franqueza sintió un placer satánico en acumular sobre Diego quejas y culpas.
Tendióle María su mano pródiga en beneficios, y con exquisita delicadeza le ofreció en aquel trance el buen auxilio de su fortuna.
Soberbia la menesterosa, nada quiso aceptar, y aun sintiera, al cabo, un pesar repentino de haber confiado su lamentable secreto á la oculta rival de sus ambiciones.