—Para muchos la tiene, hija mía..., no hables así, por Dios..., en tu casa hay un tesoro raro y envidiable...

—¿Un tesoro, dices?

—Sí..., tenéis amor...

—¿Amor?..., ¡qué inocente eres!..., ¿lo has creído de veras?... Amor... ¡no conozco á ese caballero!...

—Calla, calla, mujer, Diego te adora...

—Nada me importa de él.

—¿Qué estás diciendo, Eva?

—Me atormenta... Me hace desgraciada...

—Sufres y deliras... Diego es bueno...

Precipitada Eva en aquella insólita confidencia, irascible y desmesurada, arguyó: