Alzáronse vivamente los negros ojos y, puestos con asombro sincero en los azules, Eva contestó, conmovida á su pesar:
—Gracias..., gracias..., te lo agradezco...
—Y aceptas, ¿no es verdad?
—Tú no has pensado lo que me ofreces...; un niño enfermo y triste da mucho que hacer..., perturba y molesta en todas partes...
—Pues te aseguro que en mi casa no molestaría. Para mí sería un entretenimiento...; para Lali, un encanto...
—¿Y para tu marido?
—Gracián apenas estará con nosotras este verano..., tiene proyectado un largo viaje... Además, los niños le gustan, y él nunca interviene en las cosas que yo dispongo.
—Sí..., tú tienes libertad para todo..., tienes placeres y caprichos..., haces bien en aprovecharte de la felicidad...
—¡La felicidad!—suspiró María con una sonrisa indefinible.
—Yo—añadió Eva sordamente—no la conozco más que de nombre..., para mí sólo ha tenido una mueca burlona...