Fulgía la luz de aquellos ojos con encanto inefable y nuevo, y donde se posaba iba dejando el don de una gracia pura y triste, el jirón impalpable de una nostalgia divina, que pudiera llamarse «el mal del cielo»...
VII
Placíase Gracián en la buena suerte que le había deparado aquella boda afortunada con mujer encumbrada y rica, tan sumisa y complaciente.
Él también, como el vulgo, consideraba á María desde el punto de vista de una criatura pasivamente bondadosa, una esposa de lujo, inofensiva y bella.
Mirábala con cierto compasivo agrado y con una superioridad protectora que tenía mucho de humillante y despectiva.
La trataba con una cortesanía chabacana, entre galante y desdeñosa, algo irónica siempre y siempre glacial. A menudo la llamaba pobrecilla y le acariciaba las mejillas como á una nena, paternalmente. Era con ella indiferente y rumboso, y no se tomaba el trabajo de ocultarle sus más escandalosos devaneos. Aquel gran cómico, ciego de soberbia, no podía suponer que la pobrecilla le profesaba un absoluto desprecio y que, con una clarividencia extraordinaria, había profundizado todo el vacío de la fantástica existencia, ruidosa y deslumbrante, que tanto le envanecía.
Pocos meses de matrimonio le bastaron á la joven para conocer dolorosamente la fatuidad de su marido y descubrir, bajo aquella exterioridad fascinadora, un fondo de bastardas pasiones y un huero corazón. Tan cierta quedó la triste de su grave desventura, que ni siquiera soñó con hallarle algún remedio. Sumióse en ella con valentía y, siendo tan inmerecida y traidora, la supo disimular entunicada como una contrariedad cualquiera, de esas que ruedan sobre una florida juventud sin entorpecer el camino de la dicha.
Y cuando más engreído con sus triunfos huecos y falsos, Gracián se dignaba hacer á su esposa la merced de una caricia ó de una atención, celaba ella en sus encalmados ojos todo el desdén que le inspiraba aquel baratero de la vida, y con una disciplinada sonrisa hacía guardia á los pesares de su corazón abandonado.