VIII
En las constantes vigilias de aquel corazón, un rayo de luz brillaba misericordioso y alegre. Era el sol de los ojos de Lali, de la nena reidora y charlatana, ave graciosa que poblaba de trinos y vuelos, el bosque sombrío de los pensamientos de María.
Era Lali una encantadora criatura de seis años, hermosa como sus padres, traviesa y juguetona, dueña de un corazoncito angelical.
Rubios tenía los cabellos y dorados los ojos, llenos de luz temblorosa y riente, de cálida luz fulgurante como un gajo de sol.
Horas enteras se pasaba María arrullando sus ensueños tristes con la placentera vocecilla de Lali, que hablaba con su muñeca y con doña Cándida, indistintamente, en garla gentil.
Una dócil cortina de damasco separaba la habitación de la niña del saloncito donde su madre tenía siempre una labor interrumpida y un libro abierto y un búcaro con flores nuevas...
Aquella tarde llovía, y la nena, que no había podido hacer su habitual paseo, traveseaba incansable entre dos butacas próximas al balcón.
En una estaba sentada doña Cándida, meditabunda y suspirante, tejiendo una calceta erizada de agresivas agujas; en otra se recostaba el gran bebé de celuloide, con los inmóviles ojos de turquesa muy espantados, y los bracitos extendidos, hirsuta la cabellera de lino pálido, y un poco chafada la seda rosa del traje. Sin duda estaba asustado de la riña que Lali dirigía sobre su inanimada persona.