Con la más sincera indignación, sermoneaba la niña:
—Si no me obedeces, te castigaré sin merienda... En ti mando yo, y no se me replica... Ya sabes que no tienes papá...
Cambió de tono, y comentarió rencorosa:
—Ni falta que te hace... Los papás son unos señores muy malos... muy tontos... muy feos...
Una voz varonil protestó á la puerta del gabinete, con risueña jactancia.
—¿Cómo es eso, mentirosilla? ¿somos feos todos los papás?
Se volvió la niña hacia el reproche insinuante; y saltando al cuello de Gracián, le respondió dentro de un beso mimoso:
—Tú eres guapo.
—Pues, ¿entonces?...
—Lo decía en broma, para engañar á Mimí.