—¿Cuánto me quieres?... A ver...
—Te quiero cientos... miles...
La acarició el padre con ufanía, orgulloso de la proceridad de aquella criatura, que era un alarde vivo de la existencia de él; y salió de la estancia engreído y jovial, tirándole besos á la nena, que le decía:
—Ven temprano... ninguna noche te veo... ¡Por las noches no tengo papá!...
Apenas se extinguieron en el corredor los firmes pasos de Gracián, fuése la niña á levantar el tapiz medianero con el saloncito de su madre, y hallóla con el bordado caído sobre las rodillas y los ojos errantes y distraídos, embebecida en una meditación tenaz.
Corrió Lali hacia ella con los brazos abiertos, trepó á su regazo, y le dijo en un «escucho» ingenuo y fervoroso:
—A ti te quiero millones... mucho más que á él... montones de veces más... ¡Te quiero mundos y mares y cielos de cariño!...
Y nerviosa, vibrante, la besaba en los párpados sumisos, en la dulce boca enmudecida y en la aureola de los cabellos.
Cuando Lali se cansaba de hablárselo todo sola, cuando se aburría de la mudez de doña Cándida y de la inmovilidad de Mimí, solía preguntar á su madre:
—¿Dejas á Rosita jugar conmigo?