Siempre María contestaba que sí, y Rosita, aquella niña aldeana y hermosa que hemos conocido hace siete años en la quinta de Las Palmeras, convertida ahora en mujer garrida y lozana, hacíase pequeña y revoltosa como Lali, á fuerza de fingir que lo era, y de remedar con infantil regocijo llantos de nena castigada, acentos y mimos de nena mañosa.

En los días inclementes del invierno, cuando no llegaba muy arropada y valiente alguna amiguita á jugar con Lali, Rosa representaba á las mil maravillas su papel de muñeca viva y mimosa, en el gabinetito confortable, cerca de los vigilantes espejuelos de doña Cándida, que, entre uno y otro suspiro, sonreía con beatitud contemplando á su niña tan divertida y alegre.

Dos años llevaba Rosa al inmediato servicio de Lali, en descansada labor, que consistía únicamente en arreglar las habitaciones de la minúscula señorita, coser y planchar su ropa, y aun la de Mimí; ordenar sus armarios y sus juguetes; vestirla, desnudarla, y, en determinadas ocasiones, oficiar, como ya hemos dicho, de muñeca de carne, llorona y traviesa, á quien indefectiblemente había que encerrar en el cuarto oscuro.

Con tal acierto y adhesión cumplía la muchacha estos menesteres, que sus cuidados y compañía llegaron á hacerse indispensables cerca de la pequeña, y María cobró singular afecto á esta mocita hábil y donosa, que sabía con tan buena gracia complacer á Lali, obedecer á doña Cándida y poner en los más vulgares detalles de su obligación una nota de condescendencia y de dulzura, llena de solicitud, para la señora de la casa.


IX

Años atrás, cuando el poeta bohemio de nuestra historia dió impunemente un sablazo al bolsillo y al corazón de Rosita, quedóse la muchacha por algún tiempo alicaída y tristona y hasta un poco intercadente de salud.

Amustiáronse los colores ufanos de sus mejillas, y con aciaga nube se amortiguó en sus ojos gitanos el brillo rutilante.

Andaba taciturna por la aldea y desoía con creciente desdén los amantes requerimientos de los mozos que bien la querían.