Llegaron sus padres á preocuparse del aspecto adolecido de la joven, hablaron de llevársela al médico, y en voz baja se lamentaron:—¡Ay, la nuestra hija..., si nos la habrán dañado en la ciudad!

Más de cuatro mozas, envidiosas de la belleza de Rosita, subrayaron con sonrisa perversa el sentimiento con que se comentaba en el pueblo que á la muchacha le hubiese probado tan mal la buena vida entre señores.

Pero en cuanto una de estas sonrisas perniciosas hirió á la moza en pleno rostro, se le encendieron en las mejillas dos ruborosos claveles y se levantó su orgullo por encima de los achaquillos de su corazón.

Ya Rosa no hurtó á las romerías su gentil presencia, ni dejó de asistir por la noche á las deshojas, y los domingos al «corro».

Con vanidad nueva y vengativa se prendió sus galas finas de la ciudad, y era cosa admirable en los festivos días verla caminito de la parroquia, á la hora solemne de la misa mayor, con su falda oscura y ceñida, su mantilla de blonda, entoldando la cara morena, y su blusa plisada y elegante, como la de una señorita.

La diversidad de sonrisas que la persiguieron entonces ya no la hacían enrojecer, eran síntomas patentes de admiración en los mozos y de celos en las muchachas.

Halló Rosa un placer desconocido en la ostentación altiva con que se impuso en la aldea, y se distrajeron mucho sus pesares con aquel triunfante juego de femenil vanidad.

Como no era cosa grave el mal de su corazón, con aquellos estimulantes y aquellas diversiones fuése mejorando hasta sanar casi del todo, sin que le quedase otro daño, acaso incurable, que el de un aborrecimiento mortal á las toscas labores de la aldea y una afición fuerte y decidida á las cosas delicadas y bellas que había conocido en la opulenta casa de Coronado.

Aguda y espabilada, como buena montañesa, apenas se libertó del arrullo falaz con que Nenúfar la había encantusado, reconoció que el bohemio era un contrabandista de amor, explotador profesional de mujeres crédulas.