Gozóse de haber sido con él cauta y previsora, y ni siquiera se dolió del timo rastrero de los cinco duros.

Pero de aquella exótica aventura de amores con «un poeta», le quedó á la pobre aldeana una exaltación sentimental que la despegaba con hastío profundo de su miserable existencia campesina.

A la vez que se le ajaban sus vestidos señoriles, veía con desconsuelo cómo las ásperas herramientas del campo encallecían otra vez sus manos menudas y aspaban su cuerpo floreciente.

Un rebelde sentimiento de protesta se alzó en su espíritu inquieto y ansioso. Miraba con terror á las mujeres, jóvenes de años, acabadas ya y envejecidas, segada en flor su belleza por los duros azares de la vida labradora. Con espanto volvía los ojos en torno suyo, y notaba que, de repente, se le había entenebrecido el camino antes risueño de su juventud. Antaño le parecía benigno y grato su mísero hogar, y, de pronto, hallóle todo negro por el humo de las paredes, todo tiznado de fealdad y de tristeza...

Y el sendero del monte, ¿no era antes azul?... Ella lo hubiera jurado así; pero ved cómo se le aparecía bruno y miedoso, serpenteando sin rumbo ni esperanza entre crueles malezas que desgarraban á tirones de bárbaro esfuerzo la gracia juvenil de las leñadoras.

Pues, ¿y las mieses?... Rosa las había conocido llenas de encantos; prometedoras en la primavera, granadas en el estío, pródigas en el otoño... Y se le volvieron otras; se le volvieron inhumanas y feroces, tendidas en el valle como implacable maldición que la obligase á vivir en acecho sobre la tierra; á vivir encorvada, sudorosa, jadeante, marchita sin haber florecido en toda su hermosura...

Ya Rosa no tuvo sosiego ni alegría.

El deseo de grandeza, sembrado en su alma, creció con la privación absoluta de los dones apetecidos, y determinó en aquel espíritu inculto y delicado un verdadero delirio, ambicioso de cosas bellas y sutiles, una loca pasión de arte que la enardecía y la martirizaba.

Mucho tiempo luchó la moza con aquella constante fascinación.

Quiso vencerla, y buscándole un remedio heroico, dió palabra de casamiento á un guijarreño mozalbete de las cercanías que andaba por ella perdido de amores. Era un bravo trabajador y tenía su poco de hacienda y su fama de «buen partido».