Gran contento causó á los padres de Rosa aquel suceso inesperado que rompía la terca obstinación con que la joven rechazaba todos los proyectos de boda que se le habían ofrecido; y aunque la vieron sobresaltada y ansiosa, achacáronlo á emociones propias del noviazgo.

Se aproximaba la boda rápidamente, cuando en una trágica hora de cobardía Rosa cayó en los brazos de su madre hecha un mar de lágrimas, confesándole que su novio le inspiraba una invencible repulsión, y afirmando entre sollozos:

—No me caso con él, madre, no me puedo casar... es imposible.

Se sucedieron lamentables escenas de dolor y despecho entre las familias de los apalabrados mozos; anduvieron sueltos por las callejas los chismes y los comentarios, y la bella Rosita, desesperada y confusa, intentó salir de la aldea, huyendo de una vida que se le había hecho insoportable y de un ambiente que le era contrario.


X

La montaraz aldehuela de Rosa colgaba en la serranía, en las inmediaciones del valle donde radicaba el noble solar de la familia de Ensalmo; y era, precisamente, la actual dueña del palacio quien llevó á la linda zagala en años anteriores á la quinta de Las Palmeras, durante un veraneo de los marqueses.

A despecho de las hablillas de los vecinos lugarejos, donde Rosa había cobrado fama de necia y de inconstante, agradábale á María aquella labradora despierta y agraciada, de finos ademanes y rápida comprensión, hábil y paciente para las prolijas labores de doncella.