XI

Mayo triunfaba en un engarce de magníficos días, y Tristanito aterraba sus débiles ojos acobardados por la intensa luz de aquel cielo índigo y deslumbrador.

Todas las tardes le llevaba su madre al Retiro á respirar el aire embalsamado en la urbana fronda, pero Tristán ni reía, ni jugaba, ni hacía otra cosa que enlazar sus manos de cera en actitud de meditación y abatir la desmayada cabeza cuyos rizos de azabache parecían rendirle con un peso abrumador.

En el temblor angustioso de su mirada había un fúnebre señuelo, y sus labios descoloridos mostraban, al sonreir, una trágica mueca de sufrimiento y de fatiga.

Eva seguía con dolor desesperado el avance de aquella consunción invencible que aniquilaba á la criatura, y á menudo tenía arrebatos de protesta rebelde contra el destino, y hasta contra Dios y sus santos.

En su paseo cotidiano habían buscado la madre y el niño un paraje predilecto donde solían sentarse; y, á una hora habitual, Lali aparecía en la avenida umbrosa, corriendo hacia Tristán con júbilo manifiesto.

Al contemplarla, saltarina y alegre, sentía Eva un impulso de acometividad hacia la niña, tan ciego y airado, que hubiérase complacido en arañarle la cara de color de rosa y en desgarrarle á tirones el vestidito elegante.

Muchas veces la pequeña, con el vago presentimiento de un peligro, se detenía en su carrera hacia Tristán, y quedábase, temerosa y ruborizada, ante la extraña expresión de la señora.

En cambio, el enfermito había cobrado á Lali un cariño apasionado. Consentía en salir, por el sólo afán de encontrarla; hablaba de ella obstinadamente, y la nombraba, delirante, en sus ratos de fiebre.

La risueña hermosura de la niña constituía para Tristán una visión de magia encantadora; y Eva, por complacerle, soportaba el tormento de verlos juntos y de comparar, con amarguísimo despecho, el acuitado semblante de su hijo, con la ufana galanía de Lali.