Una tarde de estas que decimos, la diaria entrevista de los dos pequeños terminó borrascosamente por la iracunda intervención de Eva.
Engañado por una fugaz llamarada de alegría, quiso Tristán correr á la par de la nena, que parecía hermana de las mariposas y las brisas.
Flojo y torpe cayó de bruces, y levemente se hirió en una mano.
Volaba Lali á socorrerle, compungida y cuidadosa, cuando Eva acudió hacia ellos muy alterada. Empujó á la niña con violencia, y alzando al caído profirió duramente:
—Se acabaron los juegos con esa chiquilla; cada uno por su lado...
Con las dos manitas, confusa y desconsolada, se cubrió Lali el rostro sofocado, y fuése hacia doña Cándida, que más lejos se aparecía, y que sin saber de qué se trataba la recibió suspirando: ¡Ay, Dios mío! Y con sus manos cenceñas se puso á alisarle los cabellos, desordenados y sedosos.
Eva, entretanto, se alejaba por el medio de la arbolada calle, altivo el continente, veloz el paso. Como adorno de su sombrero, cimeando la altanera figura de la dama, balanceábase un ave hostil, que ofrecía en aquel instante un singular aspecto de fiereza: plumaje, garras y pico tomaban una actitud fosca y amenazante sobre la erguida frente de la dama.
Casi en volandas iba el pobre Tristán, aferrado al brazo redondo y firme de su madre; sollozaba con hondo sentimiento, y afanoso volvía la mirada hacia el sitio donde Lali se había quedado.
Después de andar buen trecho en esta forma, compadecida Eva de la aflicción del niño y temerosa de su cansancio, acortó la marcha y trató de consolarle.
—No llores más—empezó á decir—; te va á doler la cabeza y tendrás hoy mayor recargo..., no llores; yo te buscaré con quién jugar.