—Quiero á Lali—gemía Tristán sin consuelo.
—¿Y por qué á ella únicamente, hijo? Es una alborotada, no me gusta esa niña, te hace sudar y fatigarte siguiéndola, te hace caer, ya ves, te ha lastimado...
—Ella no, fuí yo solo, que tropecé.
—Pero, ¿por qué la quieres tanto?, díme...
Se detuvo Eva, se inclinó hacia el niño lloroso y con su pañuelo le enjugó las lágrimas.
Más calmado, con rara elocuencia y acento ferviente, Tristán replicó:
—Ella está hecha de alegría y de sol, sabe correr..., sabe reir..., parece que está toda llena de oro y de flores... ¡La quiero..., la quiero!...
Y tendía sus manos de lirio hacia el paraje, ya invisible, donde la niña solía buscarle.
Conmovida y absorta la madre, interrogó:
—Entonces tú, ¿cómo eres?