Los dos pequeños, cogidos del brazo, se alejaban alegres, y su infantil confidencia se trenzaba en el dulce silencio de la fronda, con el perlado rumor de una fontana vecina...

Tardaba la señora en recobrarse de su sorpresa, y parecía indecisa en la manera que debía adoptar para responder al gentil caballero.

Era verdad que Eva, entonces, no se mostraba siempre halagadora y afable con sus amigos, como cuando Gracián la conoció. La natural dureza de su semblante hermoso habíase acentuado con un gesto arisco, y por la noche huraña de sus ojos pasaban con frecuencia relámpagos de amenazadora tempestad. Ponía la mirada como un puñal sobre todas las mujeres á quienes consideraba felices, y en los hombres que la admiraban vengábase con furioso desdén de aquellos otros galanes que siendo ella soltera y bonita, la habían dejado olvidada á un lado del camino, sola y pobre, arrojándola, al pasar, la limosna de una flor galante.

Y el rencor ardiente que la sociedad le inspiraba, iba defendiéndola, mejor que su escasa virtud, del acecho de algunos cortejantes, codiciosos de sus encantos.

Desamorada y ambiciosa, su alma pequeña se llenó de tentaciones y de iras, sin que á su honor le quedase más amparo que el escudo frío de la soberbia. Detrás de una defensa tan endeble, Eva pensó que entre aquellos que la deseaban, sólo uno merecía el sacrificio de su reputación; acaso el que menos la perseguía. Era Gracián.

La conquista de aquel hombre significaba para ella el triunfo, el poder y la venganza... Tres grandes ansias para un mezquino corazón.


XV

Cuando hubo meditado unos instantes, Eva, mirando de hito en hito á Gracián, se echó á reir entre irónica y burlesca.