—¿Y si ella no te quiere?

—Eso es cuenta tuya.

—¿Cómo?

—Sí; nadie mejor que tú la puede convencer.

—Ándame aquerenciada con Manuel Jesús.

—Amoríos de rapaces... ¡bah!

Hay otro silencio.

Los dos hombres miran cómo fluye el agua de la presa debajo de la ventana.

A la linde bulliciosa de la corriente un cauce ondula su cabellera en una inclinación dulce y pensativa.

—¿Qué me dices?—pregunta Malgor, cansado de aguardar.