—¿Qué te voy a decir...? No lo sé. ¡Esta hija es lo único que tengo...!

Tiembla lacrimosa la voz del padre. Al indiano le roe la duda de si aquella ansiedad es marrullería o es emoción.

—No te la quito—promete—; vivirá cerca de ti.

—Pero no la puedo obligar a que te quiera. Si buenamente lo consigues...

—Ayúdame tú.

Hace Martín un gesto desanimado y recorre con la mirada el vero del cauce.

—Te regalaré el molino con todas sus pertenencias; dotaré a la niña—murmura el pretendiente.

—Esta fábrica—responde el molinero sin pestañear, con imperceptible inquietud—vale diez mil duros.

—No importa.