—Y la huerta dos mil.

—Así valiera más.

—Traes mucho dinero, ¿eh?

—¡Si me sirve para ser dichoso!

Ahora es Martín el que observa a su amigo, dudando que el oro no contribuya siempre a la dicha.

—Haré lo que pueda en tu favor... sin ningún interés.

—Pues vale mi palabra tanto como una escritura; ya lo sabes: el molino es tuyo si Dulce Nombre es mía.

Se incorpora el aldeano, muy derecha la postura y entonada la voz.

—Desde que me le arriendas, casi de balde me le das... Soy pobre y agradecido... ¡Pero la hija no te la vendo!