—¡Hombre, no lo tomes así! Te quise ayudar con la baratura de la finca sin conocer a la muchacha; juntos anduvimos a la escuela y siempre te guardé ley.

—Como yo a ti.

—Si al procurar mi felicidad trato de hacer la tuya, no me parece que te ofendo.

—¡Claro que no...! Pero la gente es muy sospechosa y a ninguno de los dos nos conviene que se trasluzca lo que hablamos aquí. Dirán, si a mano viene, que trafico yo con la hija, y eso ¡ni por todo el oro del mundo...!

Está el molinero muy arrogante, las manos en los bolsillos, la cabeza levantada, puestos los ojos con desdén en la espina del monte; es alto, cetrino, canoso, tiene la expresión cuidadosa y perspicaz, el aire displicente y señoril. A su lado, Malgor, de la misma estatura, más grueso, la cara enérgica, muy pálida, el cuerpo algo vencido, mira al campo, también, y siente que toda la melancolía del paisaje resbala hasta su corazón.

De la otra punta de la sala llega un aviso adelgazado bajo las palpitaciones de la faena:

—¡Martín, ven a maquilar!

—Ya voy.

El indiano le detiene con visible anhelo.

—Volveré mañana por la contestación.