—¿Tan pronto?

—Lo que ha de ser, cuanto antes; no tengo paciencia.

—Y de lo hablado, ¿guardarás el secreto?

—Puedes estar tranquilo.

Aun vacila Martín.

—No vengas; será mejor que nos veamos anochecido, en el ansar, junto al puente de Cintul.

—Muy bien.

Los garrotes de Tomasa y Alfonsa aguardan en colmo. Las dos mujeres reciben al molinero llenas de curiosidad, entre alusiones y sonrisas.

Pero él, impávido y socarrón, se vuelve hacia el niño que ha llegado con su cesto de grano rubio, lo vierte en la tolva y hunde en ella el maquilero para cobrar.