II
DULCE NOMBRE
Allá va el pretendiente, meditabundo, un poco triste; camina despacio y se detiene con frecuencia, como si tirase de él la voz juvenil que canta en el molino, una voz ardiente y pastosa de mujer que aduna su encanto con la endecha cristalina del río, las vibraciones armoniosas del aire y el suspiro de las hojas holladas en el sendero.
El acorde profundo y manso de este cantar sacude a Malgor en todas las fibras de su alma.
Se vuelve desde la penumbra del arbolado a contemplar el molino, y ve cómo Dulce Nombre, sin soltar de los labios la canción, procura dirigir el rumbo de una osada trepadora, dominante por las alturas del piso donde habita la molinera.
Tal vez con el rabillo del ojo soslaya la niña su interés hacia el indiano, tan madrugador por los ambages de la selva. Ignora si aquel hombre sale de la fábrica, pero sospecha que ronda los contornos con enamorada intención. Para esta clase de suspicacias ninguna mujer cabal suele ser torpe, y en la molinerita corren parejas la comprensión y la hermosura.
No olvida la tarde estival, reciente aún, de su conocimiento con Malgor. Estaba Dulce Nombre acompañando a su padrino en la torre de Luzmela cuando llegó el indiano.