—¡Qué bonita ahijada tienes!

—Ya lo creo... ¿No la conocías?

—La he visto de lejos, como a las estrellas.

—Y ahora, ¿qué te parece?

—¡Incomparable!

—Es hija de Martín.

—Lo sé: puede estar orgulloso.

—También yo, que la tuve en la pila bautismal y adivinando su belleza la llamé Dulce Nombre.

—¡Dulce Nombre!—repitió el indiano con embeleso.