Poco tardó la niña en retirarse, azorada bajo el chaparrón de los piropos y temiendo cohibir a los dos amigos con su presencia.

Desde entonces recibe los homenajes del indiano, silenciosos, en miradas elocuentes y en paseos por las cercanías del molino. Oye decir que Malgor la juzga sin rival por lo hermosa en la comarca, y siente clavados en su vida los deseos de aquel hombre como un terrible aguijón.

Hoy le ve, detenido, contemplándola desde la orilla del ansar, en rara actitud de tristeza y resolución, y presiente, de una manera vaga, que existe en aquella hora toda la fuerza decisiva de su porvenir. Quédase inmóvil, roto con la voz el cantar, angustiada por los presagios que le acuden aciagamente desde todas las lontananzas, en el viento caluroso que deshoja los árboles, en la altura de las nubes trasfloradas de luz, en la claridad verde que se difunde por el campo: la mañana entera se le sube al corazón lleno de augurios y ansiedades.

Nunca hubiera sospechado la joven cosa maligna de aquellos minutos apacibles, de aquel día luminoso en la ausencia del astro paternal, diáfano por sí mismo, abierto poco a poco con una divina candidez; el celaje levantado y sonriente, los horizontes claros y sensibles como si quisieran estrechar el valle en amorosa intimidad: así los montes aprisionan la vaguada en una cadena suntuosa y azul, más entonado y profundo el color bajo la palidez serena de las nubes.

Es que el ábrego, sin arreciar, sorbe las neblinas, purifica el ambiente, le templa y le colma de perfumes.

Y Dulce Nombre no sabe cuál puede ser el engañoso camino por donde la mañana le oculte su traición. Buscándole está, al parecer, con los dedos entre los rizos anchos y trigueños que se le enrubian por la raíz, en lo alto de la frente y en la sien. Ha ido apartándose de la ventana con lentitud y se sienta ahora en el borde de su lecho recién mullido, muy pomposo, al uso de la aldea, vestido con telliza de flores. Después que ha enredado mucho su cabello, sin peinar todavía, deja caer las manos sobre la falda y permanece absorta, en la actitud impaciente del que espera y escucha.

Percibe los ruidos familiares: el trajín de las muelas, el murmullo del río, la bravata de un gallo, los indefinibles rumores del viento en la selva y en la mies. No descubre la temerosa novedad que aguarda, y se abisma en una inquieta meditación.

Piensa en su niñez melancólica, sin madre, privada de íntimas expansiones, renovando cada noche en el molino la insípida tertulia, acudiendo a la torre de Luzmela diariamente para recibir una lección. El padrino, Nicolás de Hornedo y Esquivel, solo y taciturno, más diestro en pedir alegrías que en ofrecerlas, enseñó a la niña a leer y escribir con algo más de gramática y un poco de otras disciplinas intelectuales; pero no la supo acompañar a sentir ni acertó a ver el opulento corazón que tenía entre las manos: para él la ahijada era un juguete, un motivo de orgullo y diversión. La mimaba y la quería ciego de egoísmo, sordo a las voces de aquella alma henchida de ternuras, ansiosa de confidencias y generosidades.

Hasta que, durante el verano, Manuel Jesús Ayuso, el seminarista estudioso de Cintul, miró audazmente las flavas pupilas de Dulce Nombre, y anunció que dejaba los libros. En vano la madre del mozo, viuda y mísera, puso el grito en el cielo, desolada; cuando terminaron las vacaciones el estudiante no quiso volver al seminario y afirmó su propósito de convertirse en labrador. Sus cinco años de carrera le daban entre la gente cierto lustre; pero le ayudaban poco al trabajo material, y la bienhechora que le había pagado los estudios, una dama vecina, culpable de formar sacerdotes sin vocación, tuvo motivos para decir que Manuel Jesús era un holgazán.

Entretanto, Dulce Nombre se entrega con furia al goce de querer. El relativo pulimento de su inteligencia sirve de estímulo a la romántica pasión, y vive la niña en plena fiebre sentimental, trasoñada y vibrante, medio loca por el cortejador que le dice «musa del bosque», le hace versos ripiosos, y ronda el molino a la luz de la luna.