Maravilla se le antoja a la muchacha esta realidad. Su novio es fino y guapo, sabe humanidades y latín, compone rimas y la quiere con exquisito amor; ¿qué puede ella temer de otro hombre que pase, la mire y la encuentre hermosa?

En sus labios vuelve a cuajarse el capullo de una sonrisa. Acércase de nuevo a la ventana. Ignacio Malgor ha desaparecido bajo la fronda a medio deshojar.

Por cierto que el indiano tiene una expresión honda y fuerte, inolvidable, una mirada profunda y decidida, no exenta de dulzura, que absorbe las cosas con dominio de posesión.

La moza se estremece al recordarlo así y queda envuelta en una racha del aire tibio. Se le alborotan los bucles; las entradas rubias del cabello le resplandecen como una corona sutil; el busto, inclinado y flexible, tiene la pura morbidez estatuaria. En el rostro, moreno y oval, no muestran las facciones una clásica perfección, pero se iluminan con los ojos pardos, magníficos, orlados de pestañas densas y oscuras, y luce en ellos el iris unas chispas de oro penetrantes como lanzas, unas variaciones rútilas y misteriosas que son el mayor encanto de la molinera.

El aliento del Sur remueve los aromas de las plantas, concentrados y agudos. Hay en el huerto vecino menta verde, malva real, flores de maravilla, rosas de te, madreselva y jazmín, que reviven y trascienden mediante la benignidad de la témpora.

Y a Dulce Nombre le perturban aquellas ondas de perfumes, casi violentas, unidas a las de su habitación que huele a espliego y a membrillos.

Está impaciente la niña; su mirada primaveral se hunde en el campo de una manera delicada y temerosa.

De pronto calla el molino: se ha parado el árbol trasmisor; brota el silencio del fondo de la casa y se extiende por los alrededores con secreta delicia.

Este sigilo despierta con doble intensidad otros naturales murmullos: los saetines que borbollan y gorjean, el río que se va melodioso, el alma del bosque gimiente en los árboles y en las hojas; y dentro de la fábrica el jadeo brusco de un reloj, el latido de unos pasos que suben la escalera y se adelantan por el gabinete.

—¿Qué haces?—pregunta Martín a su hija, un poco trémulo.