Entretanto María se cansa de hablar sola:

—Qué, ¿no me contestas?—dice.

Hornedo vuelve, con trabajo, de la consoladora ensoñación.

—¡Ah, sí...! Te contesto lo que tú quieras.

—¡Vaya! No me haces caso: me voy.

Él la detiene, extremoso, rendido:

—¡Si te escucho con embeleso!

Aunque la muchacha no comprende el sentido fervoroso de la protesta, nota su desconocida dulzura, y posa de nuevo en el banquillo:

—Pues cuéntame lo que has hecho en Madrid.