—Te marchaste sin decirme adiós y no me has escrito en dos años: ¡ya no me quieres!
Unas disculpas azoradas y torpes, una visita casi ceremoniosa, y Hornedo se ha escondido en su rincón, desesperado y adusto.
Allí le suele buscar María, golosa de la rareza del solitario, atraída a la torre por la anchura resonante de las estancias, por la solemnidad de los muebles, por el aire pesaroso del tiempo detenido como en un remanso; la chiquilla es una mariposa que se embriaga y aturde cuando llega hasta el padrino al través de corredores y gabinetes. Porque no ha tomado el gusto a la casa desde pequeña, ni la ha descubierto y sentido con las primitivas imágenes de la niñez como Dulce Nombre, sino que, extraña a este cariño del solar viejo, irrumpe entre las cosas del pasado con una sorpresa fascinante, más bien antojo, no exento de cierta impresión temerosa.
Hay en el palacio de Nicolás una mescolanza de lujo antiguo y de trastos inútiles, conservados por desidia; aposentos vacíos, con el solado crujiente, que no atraviesa la colegiala sin correr; ostugos donde en ocasiones encuentra el ama de llaves, sin saberlo, un trozo de madera con embutidos de nácar y marfil; un herraje valioso; una estofa deshilachada que ha valido un dineral. Los salones mejor compuestos son áridos, hostiles, fríos aunque los bañe el sol; algunos constituyen la torre, y en aquella parte de la casa habita Nicolás, que ahora mismo recibe a María y la escucha cerrando los ojos.
—¿No quieres mirarme?
—Sí, mujer; es que has abierto el balcón y me estorba la luz.
—Pues le vuelvo a cerrar.
Dirigióse hacia el fulgor dorado y rico de la solana, recibiéndole con intrepidez en el oro claro de las pupilas, mientras el hidalgo continuaba adormeciendo las suyas. Entornó las puertas, y por la única rendija libre al soplo cálido y ligero de la tarde, entró un haz de chispas animadas.
La niña de Malgor sigue hablando, sentada otra vez en su escañil; refiere historias pueriles del colegio y de la ciudad, noticias aldeanas que le han dado en el molino. Tiene un gracejo delicioso, una suave presunción en cuanto dice y en la manera de expresarlo.
Pero Nicolás no atiende a las palabras sino al acento; le percibe absorto y le confunde con el de la otra ahijada. Es la misma voz, con iguales insinuaciones tónicas, un método inconsciente que abre y cierra las cláusulas en íntima sonoridad. Y, hambriento de engañarse, el enamorado se quiere sustraer a la hora presente y vivir la hora lejana; procura hallar en la niña de hoy a la de ayer, compañera inocente convertida en amor irremediable.