Porque en la muchacha alegre y victoriosa vive la imagen de aquella otra niña que él arrastró al matrimonio con inquebrantable resolución llena de egoísmos. En aquel tiempo Dulce Nombre era corporalmente igual que esta colegiala moderna. ¡Así tuvo de límpidos los ojos, que no saben olvidar el llanto de aquellos días! Nunca rió con toda la boca, no puso toda el alma feliz en un cantar, ni el interés en un capricho, ni la satisfacción en un goce. Habitó silenciosa y triste en la casa opulenta como si no fuera suya, prestando el oído a los rumores distintos, clavando la mirada en los rostros invisibles; dijo frases benignas, estimulada por la caridad, y dió al marido el calor de su pecho juvenil que ardía con la esperanza de otro amor... En ciertas horas demasiado turbias, sufrió con el espíritu martirizado y negro: era inocente y sentía la conciencia nublada por el dolor y el pecado.

Hoy la hija repite aquel aspecto infantil y gracioso de la madre, con idéntica hermosura, con los mismos años, pero en la plenitud de la ilusión, entre risas y promesas; domina y triunfa, es dueña de su casa y de su libertad: pone los ojos sin lágrimas en todos los anhelos.

Y las compara Malgor, arrepentido, medroso, temiendo purgar en la niña nueva el tormento de la niña desgraciada, volviéndose hacia su mujer con el ánimo penitente y el labio trémulo, ansioso de premiarla en desagravios y recompensas interminables.

Pero la ve tan moza, la supone tan cercana al desquite soñado, que se retrae dolido y mudo, encadenado a su despecho. Aunque languidece bajo un cansancio espantoso de la carne marchita, los deseos retoñan en él con misteriosa fuerza primaveral. Y huye de Dulce Nombre disimuladamente, buscando a la niña como un lenitivo y un refugio que no siempre consigue.

Porque María se aburre en su casa, y después que dispone en ella alguna innovación o la alborota con el revuelo de sus inquietudes, se marcha de visita por el valle, donde cada vecino la recibe con agasajo, y los mozos de fuste la rondan con admiración.

Ya sabe la colegiala coquetear y elegir con la fantasía el hombre presentido, uno que no ha llegado: ese que debe aparecer de un momento a otro... y siempre tarda.

Durante sus paseos incansables por el campo le gusta mucho a María detenerse en la torre de Luzmela, escudriñar la casa del padrino en los escondites más curiosos y tener con el hidalgo un poco de conversación. La seduce aquel hombre retraído y zahareño que vaga por sus jardines lo mismo que una sombra y ocupa la torre como un asceta.

Hace un mes que regresó de Madrid, donde estuvo dos años sin decidirse a ir más lejos. Viene muy arisco, pero el mal incurable de su misantropía interesa a cuantas mujeres le conocen y enamora a las que le celan con alguna esperanza. Un halo de romanticismo sublima la figura de Nicolás, a quien su amor frenético y silencioso empuja a la Montaña. No olvida que los médicos señalaron un plazo eventual a la vida de Malgor y acude, a pesar suyo, como las nétiguas, oteando la muerte.

Y ha encontrado a su amigo en la misma actitud de espera y de zozobra, algo más viejo y cobarde, más desguarnecidas las sienes, más apagado el acento; ha visto a Dulce Nombre con nueva sazón en la hermosura; ha escuchado, tembloroso, aquella palabra lenta y acariciadora que le recrimina: