Para mayor adorno suyo tiene la niña una madre bella y moza que parece una hermana, y a la que es fácil suplantar en cuanto significa dar órdenes, exigir tratamientos y revolver novedades. Es María la que decide ahora los menesteres decorativos de la casa, con el beneplácito del padre, muy orgulloso de tan buena disposición.

Y Dulce Nombre les deja hacer, algo intimidada y resentida, alejándose cada vez más de la criatura, a quien tuvo en los brazos con franca adoración. Una frialdad incomprensible las separa; se quieren y se desconocen: la madre siente el imperio de la hija como una nueva opresión, y se encuentra más sola que nunca, perdida en desconsoladas confusiones ante el cariño sagrado, que también se le resiste, con enemiga terquedad.

Nada más semejante en apariencia que estas dos mujeres. Viéndolas juntas se distingue a la madre porque tiene la estatura más elevada, el color más pálido y moreno, más honda la brasa de las pupilas y los labios más curvos. De cerca, su caliente madurez contrasta con la fragilidad de María; pero si hablan vuelven a ser iguales, de tal modo, que oye la una en la otra el rechazo de su propia voz.

Están unidas por la carne y la belleza, apartadas por un obstáculo sombrío; se miran a la entraña de los ojos sin estremecerse bajo la raíz cordial del sentimiento, y Dulce Nombre piensa, conturbada, que un hijo de la sangre puede convertirse en un intruso cuando no le ha concebido también el corazón...


II
EL RETRATO

Desde que la niña ha salido del colegio manifiesta el padre más depurada y continua la virtud de la conformidad, aunque devora con más pesadumbre todas las amarguras del remordimiento.