Hoy les ve juntos con más extrañeza que antes, porque razona y entiende como una mujer. Pero nada les dice: ha puesto en la vida su mirada brillante y risueña que no quiere temblar.

Tiene la muchacha un carácter enérgico, algo indómito; no ha sufrido nunca la disciplina de una severa educación ni el peso de la contrariedad; sus antojos, de continuo satisfechos, se exacerban con las dificultades y crecen a medida que se logran: la costumbre de mandar y de exigir la inclina, en ocasiones, a las actitudes violentas, al gesto duro y la brusca determinación.

Verdad es que estos resabios de la mala crianza, puesta al servicio de una herencia impetuosa y ardiente, los atenúa la niña a cada paso con su expresión de inocencia y juventud, con la gracia de su melancolía y el hechizo de su hermosura. Así el egoísta endiosamiento con que vive para sí propia, con frecuente exclusión de los demás, se le ablanda en las pupilas refulgentes, llenas de curiosidades y de luz, en el encanto imperioso de las sonrisas y las palabras.

Y aunque es meditativa y soñadora al influjo de la raza y del país, huye de la tristeza de sus padres como de un mal, y procura olvidarla en el sereno regocijo de su corazón.

No han faltado lenguas torpes que le cuenten a María el noviazgo de la antigua molinera y hasta la razón de que el molino pertenezca al abuelo Martín. La añeja historia y las observaciones de la realidad, aseguran a la muchacha que su madre ha sido una víctima de la suerte, víctima voluntaria, puesto que se humilló al sacrificio cuando pudo resistirse a él con todos los fueros humanos.

Para la niña de Malgor no existen leyes por encima de las pasiones; ella juzga las cosas de un modo indiscutible y definitivo, divididas en dos clases: las que convienen y las que repugnan; es decir, las que se aceptan y las que se rechazan. Como no comprende la vida sin los beneficios del oro, discurre que, de seguro, la pobre molinera de antaño, necesitada de escoger entre el dinero y el amor, se quedó reflexivamente con el dinero; cambió el hábito miserable por la categoría señoril y puso el más firme cimiento a una existencia nueva, encaminada a las materiales ambiciones.

Siéntese la muchacha complacida por los bienes que disfruta como resultado de aquella lejana lucha sentimental, y sólo reconoce en su madre una causa providente de que la hija esté en el mundo, regalada y dichosa, arrostrando un envidiable porvenir.

Pero las definiciones de María sobre este particular no son demasiado crueles, porque las hace a flor de pensamiento, con una niebla mentirosa en el alma, sin ahondar mucho en ninguna cavilación. Los quince años altivos y triunfantes le producen un deslumbramiento engañoso; todo lo percibe al través de su tendencia dominadora, y aun se atribuye rasgos de suma generosidad. Cuando va por la calle y la miran con devoción, vuelve la cara sonriendo a la gente, como si dijera:

—Vaya, os haré el favor de consentir que me admiréis un poco más...