—Hace mucho tiempo—supone la moza, engañada por la fantástica sucesión de las emociones. En seguida añade:—¡Ah, no, no...! Desde ayer.
—¿Lo comprendes bien, en toda su magnitud?
—Sí.
—¿Y qué dices?—pugna el hidalgo, perdido de ansiedad.
—Que yo te querré...
—¿Como a un padre?
—No—afirma ella resueltamente—; ¡como a un hombre!
La voz y el rostro de la muchacha han perdido su nube dolorosa; las palabras, entrañables, se le encienden con una fuerza enorme y tranquila: su corazón se depura, enérgico, frente a la nueva esperanza.
El señor de Luzmela, extenuado por las ambiciones, loco de ventura, está leyendo su destino en la altanería de aquellos ojos rubios que se le descubren inmensos y leales.
Llega Dulce Nombre plenamente hasta el hidalgo con los aromas ásperos del ansar y el salvaje aliento de las montañas; acude envuelta en la divina armonía de la noche; trae pegado a las sienes el cabello crecido por las raíces, que le brilla como una corona mojada de sudor.