—Gracias; Dios te bendiga.
Y se dirige al encuentro del padrino, aunque ya no le llame así ni en el último pliegue de su conciencia.
Bajo el toldo de acacias se reunen, encima de esas flores castas y finas que nacen pródigas en los caminos.
De lo que habla la mujer no se oye más que un arrullo. Luego ella, con los labios heridos por la fiebre, se inclina sobre las manos de Nicolás.
La levanta él, deslumbrado, receloso. ¿Es verdad todo aquéllo...? ¿Tanto se muda la suerte en el curso de pocas horas...? Viene Dulce Nombre a pedirle sostén y amparo; y viene desamorada, vencida... No la puede engañar.
—¡Si tú supieras...!—balbuce tembloroso.
-¿Qué?
—El gran secreto de mi vida.
—Lo he sabido.
—¿Cuándo?